Al lado del colegio de mis hijos hay una casita con una puerta verde. Mañana tras mañana cuando aparco el coche veo la puerta de la casa abierta. Durante el trasiego de salir del coche sin que se nos olviden sudaderas y mochilas observo que en la puerta hay apoyado un hombre mayor que fuma un cigarro mientras mantiene la mirada hacia el lado derecho de la calle. Día tras días, a la vuelta de acompañar a mis hijos, me encuentro con la misma escena. Una furgoneta de un centro de mayores aparca frente a la puerta en una plaza de aparcamiento prioritario que, al parece, el hombre de la casa verde se ganó a pulso tras lucharlo en el ayuntamiento. Tal uno de los motivos por los que esté en la puerta cada mañana sea para evitar que nadie aparque en ese momento tan crucial.
La escena es la siguiente. Una señora mayor, bajita y con un andar característico (pasos cortitos, postura encorvada, mirada perdida) y agarra del brazo de un sanitario sube con cuidado los peldaños de la furgoneta. Tras el paseo la furgoneta arranca y se marcha carretera arriba. El hombre de la casa verde queda unos minutos mirando el final de la calle y se adentra en la casa con un andar veloz y con prisa.
Esto sucede cada mañana, día tras día. No puedo evitar que me lame la atención la escena.
Un día a mí vuelta del colegio y coincidiendo con la marcha de la furgoneta del centro de día decidí dar rienda suelta a mis ganas de hablar con ese hombre.
- La echará de menos pero estoy seguro que va a estar bien. Y usted también le vendrán bien estas horas – Le dije
El hombre me miró sorprendido con los ojos vidriosos. En buen tono me dijo:
- Ella se marchó hace tiempo pero de vez en cuando vuelve a visitarme. Es difícil lidiar con el día a día y eso me frustra, me enfada. Me gusta estar de buen humor cuando vuelve a visitarme. Estas horas son importantes porque me da tiempo a comprar, hacer la casa y dejar todo listo para cuando ella legue.
Como un resorte se fue a su casa de la puerta verde. Me pareció sorprendente como en tres frases fue capaz de transmitir tanta emoción. A veces nuestra comunicación refleja el poco tiempo que tenemos para interactuar y el cerebro es capaz de condensar nuestras necesidades en palabras bien elegidas, gestos y miradas.
Se habla mucho de enfermedades pero no tanto de cuidadores. Personas que padecen esas enfermedades, las sufren en silencio y asumen una carga dentro de su vida. El cuidador, acompañante y compañero de una persona con necesidades constantes se separa de su vida y se mantiene en alerta constante para mantener a otra persona conectada a su vida. Ese señor que mañana tras mañana veo en su puerta mantiene vivo un escenario que, de vez en cuando, le da alguna alegría. Sabe que lo mejor sería vivir lo máximo posible junto a su pareja pero también sabe que esa separación le permite cierta descarga para poder arreglar ese escenario y volver a disfrutar la vida compartida.
Hablamos mucho de terapia y de personas pero las cosas realmente importante surgen en casa, en el entorno comunitario y no puedo evitar ser un observador en la vida de la gente que me rodea para ver la verdadera importancia de nuestra labor y hacia dónde debe ir ya que las cosas que creemos complejas son sencillas y conseguir lo sencillo si que es complejo.
No pude evitar sentir cierta culpabilidad por esa sobrecarga que muchas veces generamos en el cuidador cuando se nos llena la boca de pautas, información y consejos cuando el tiempo es una bien más preciado en estas realidades.
Pasado una semanas dejé de ver al hombre apoyado en su puerta cada mañana. Sin saber que la vida me iba a regalar otra reflexión, una mañana volví a cruzármelo mientras sacaba la basura apresuradamente. Se me ocurrió romper el hielo de nuevo:
- Vaya, cambio de horario. Los atascos de Madrid.
El hombre volvía a tener un semblante serio y los ojos vidriosos de acompañamiento. Se paró un momento. Esta vez no percibí una comunicación tan fluida, le costó pensar lo que me iba a decir.
- La cosa se complica. Ella cada vez vuelve menos. El centro que le ayudaba a contener esas pérdidas de memoria dejó de ser algo agradable y se convirtió en un lugar hostil para ella. La furgoneta dejó de venir porque ni subir quería. Aquí estamos los dos pero ya no hay sonrisas, ya no disfrutamos de su vuelta y estoy bastante ocupado para saber cuando volvió.
Nuevamente, entró en su casa con prisa y nunca me volví a cruzar con él.
Quedé pasmado allí, inmóvil. En mi cabeza aparecieron muchas fotos de personas que he ido viendo que llegó un momento que mis terapias no les servían. La enfermedad avanzó y yo dejé de ser útil o al menos no tenía herramientas suficientes y desaparecieron de mi camino pero su camino continuó. La enfermedad degenerativa es un camino compartido entre muchas personas. A veces desde la terapia nos empeñamos de que el camino debe de pasar por un lugar especifico y olvidamos que la persona puede estar caminando por otro lugar. Olvidamos que en ese camino está acompañada por otros que también tiene necesidades. Hay muchos caminos y muchos enfoques que deberían adaptarse a cada situación. Es importante tener claro lo importantes que hemos sido para estas personas pero también es importante dar soluciones al final de nuestro camino porque no es el final del camino de la otra persona.








